lunes, 19 de julio de 2010

El 20 de julio a través dos siglos






La primera celebración del 20 de julio, en 1811, fue realizada con plena conciencia de la magnitud de lo que había sucedido y, por ello, hasta el calendario cambió: ese año se convirtió en el año uno de la Revolución. Esta fecha, ya para entonces valorada como fundadora, se siguió conmemorando en los años posteriores. La primera celebración del 20 de julio, en 1811, fue
realizada con plena conciencia de la magnitud de lo que había sucedido y, por ello, hasta el calendario cambió: ese año se convirtió en el año uno de la Revolución. Sin embargo, sólo los habitantes de Santafé de Bogotá lo podían recordar: el evento, conocido en muchos rincones del Virreinato, en realidad sólo tenía significado para los habitantes de la provincia. Por eso, esta fecha la siguieron conmemorando sólo los santafereños en los años posteriores, siendo 1813 un año especial: la conciencia del nacimiento de una época distinta, a partir de la organización de la Junta Autónoma, se consolidó con la siembra del Árbol de la Libertad en la Plaza Mayor de la ciudad, como entonces se conocía la actual Plaza de Bolívar. Esto, que sucedió en abril, se concluyó luego con la Independencia absoluta de Cundinamarca, firmada el 16 de julio y jurada el siguiente 20, conmemoración del año tres de la revolución. La reconquista española interrumpió estas
festividades, pues el restablecimiento del absolutismo juzgó como alta traición la organización republicana que había empezado a tomar forma desde 1810.


Luego del triunfo patriota en las Batallas del Pantano de Vargas y del Puente de Boyacá, durante los meses centrales del año nueve de la Revolución (1819), el festejo de lo sucedió en la ahora llamada Bogotá en 1810 volvió a cobrar sentido. Se conoce lo realizado en la capital de Colombia el 20 de julio de 1820; sin embargo, merece especial mención la conmemoración que organizó el Cantón de Bogotá (hoy conocido como Funza) el 23 de julio de 1823: la fiesta patria tuvo como evento principal la escenificación de una obra de teatro, escrita en verso, en la que el personaje central era policarpa Salavarrieta. De esta manera, comenzó a asociarse al recuerdo del 20 de julio de 1810 otros eventos y personajes que se relacionaban de una u otra manera a lo que había vivido la naciente República en su consolidación de la Independencia.


La celebración del 20 de julio en la Capital continuó durante el siglo XIX y los rastros históricos que dejaron se encuentran de manera abundante en crónicas, archivos y bibliotecas del país. No obstante, como quedó dicho, esta fiesta tenía claras connotaciones a lo sucedido únicamente en Bogotá y, por extensión, Cundinamarca. Sólo fue hasta 1873 cuando, por medio de la Ley 60, el festejo capitalino cobró el carácter de feriado nacional. Años más tarde, en vísperas de la conmemoración del primer centenario, la ley 39 de 15 de junio de 1907, sancionada por Rafael Reyes, dio carácter definitivo al 20 de julio como fiesta nacional. En este sentido, la elección del 20 de julio como fecha fundacional fue el resultado de una construcción social que tomó varios decenios en cobrar forma e imponerse sobre todo el conjunto del territorio nacional. Sin duda, la Constitución de 1886 recogió lo que esta dinámica significó en el siglo XIX: el triunfo de un estado democrático de talante centralista tanto en su forma de gobernarse como de entender la nación. El 20 de julio adquirió así el significado que mantuvo vigente hasta los últimos decenios del siglo XX: la fiesta del centralismo político, del unanimismo ideológico, de la homogeneidad cultural.


Las décadas pasaron y fueron desgastando el significado que la evocación del 20 de julio de 1810 tenía para los colombianos. Ella, durante los últimos treinta años del siglo XX, quedó reducida a poco más que un desfile militar y al acto de inicio de las sesiones del Congreso de la República. Los movimientos sociales que llevaron a la Constitución de 1991, hicieron evidente en el país que la diversidad, la pluralidad, la inclusión y la participación, entre otros principios, además de la actualización de la Carta de Derechos, son los que deben tutelar nuestro ser como Nación.



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